Joaquin Turina



Detalles



DS-0130
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Joaquin Turina
Música de Cámara


Greenwich String Quartet


JOAQUÍN TUQINA

OBRAS DE CÁMARA

 

Cuarteto de cuerdas, Op. 4 "De la guitarra"

 

1. Prelude: Andantino 4'24"

2. Allegro Moderato 7'00"

3. Zortzico: Assez vif, mais dans un sentiment tranquille 5'43"

4. Andante quasi lento 5'46"

5. Finale. Allegro Moderato 6'26"

 

6. Serenata, Op. 87 9'29"

 

7. La Oración del Torero, Op. 34 8'18"

 

Quinteto en Sol menor, Op. 1

 

8. Fugue lente 7'30"

9. Animé 8'34"

10. Andante scherzando 6'45"

11. Finale 6'31"

 

Duración total: 76'52"

 

Brenno Ambrosini, piano

GREENWICH STRING QUARTET

 


Acerca del disco

QUINTETO EN SOL MENOR, OP. 1

 

Si hay una sección en el catálogo de Joaquín Turina (1882-1949) indiscutida por su calidad esa es la de su música de cámara. Es más, podría decirse que, en los últimos tiempos el reconocimiento hacia otras parcelas de su producción ha aumentado gracias, en parte, a las continuas interpretaciones de su música de cámara. Entre los maestros de la reciente historia de la música española, desde la etapa nacionalista hasta hoy, pocos pueden presentar una obra camerística tan extensa, variada y de tan alta calidad.

Turina comenzó muy pronto a cultivar la música de cámara, como si quisiera advertir a los aficionados que la suya era una personalidad severa y recatada. Y la primera obra que el consideró digna de inaugurar su futuro catálogo fue precisamente una pieza de cámara, el Quinteto en Sol menor Op. 1, para piano y cuarteto de cuerdas. También es significativo que el joven músico hubiera elegido un género difícil y exigente, al que los compositores suelen acudir en su madurez y en este caso concreto, una combinación instrumental con antecedentes tan ilustres como los de Schumann, Brahms y César Franck. La obra es además extensa, con cerca de media hora de duración. En fin, el maestro sevillano confió en sus fuerzas y dio un aldabonazo en el portón del mundo musical más rico y exigente: el de París a comienzos del pasado siglo.

En el Quinteto se aprecian, por supuesto, influencias de sus maestros, especialmente la de César Franck, cuyo conocimiento y culto le llegó a través de Vincent D'Indy mientras estudiaba en la Schola Cantorum de París. Escrito entre Enero y Marzo de 1907, el Quinteto tuvo una excelente acogida de la crítica parisiense, que vio en el joven maestro a una nueva figura de la música española.

El estreno tuvo lugar en la Salle Aeolian (32 Avenue de l'Opera) el Lunes 6 de Mayo de 1907. Fueron sus intérpretes el Cuarteto Parent, integrado por el violinista Armand Parent, y por Loiseau, Vieux y Fournier, sentándose al piano el propio Turina. El programa constó aquel día de cuatro bloques, en los cuales intervino siempre Turina, o bien como pianista en solitario (Primer Cuaderno de Iberia de Albéniz y Preludio, Coral y Fuga de César Franck), o integrado en el Cuarteto Pret como pianista (su Quinteto, Op 1 y el de Schumann, Op. 44). Una semana antes, Turina había protagonizado en la Sala Aeolian un concierto similar, con los Quintetos de Brahms y de Cesar Franck y su intervención en solitario en el Poema de las Estaciones, una obra pianística de cierta entidad que más tarde retiraría de su catálogo.

El Quinteto en Sol menor, Op. 1 está dedicado a Armand Parent y por él recibió Turina el premio de la Sección especial de Música del Salón de Otoño de Paris del año 1907. Le fue otorgado por un jurado de ilustres, entre los cuales se encontraban maestros de la categoría de Fauré, D'Indy, Magnard y Pierné.

Precisamente dentro del Salon D'Automne 1907 tuvo lugar el jueves 3 de Octubre en el Grand Palais una nueva audición del Quinteto, Op 1 que tuvo transcendentales consecuencias para la música española. Aunque se haya contado muchas veces, lo haremos una vez más por su enorme significación. Y preferimos hacerlo con las palabras del propio Turina aparecidas en el diario "La Correspondencia' de Barcelona años después (el 26 de Septiembre de 1912): “Y ello fue que en los comienzos de Octubre del año 1907 se estrenaba mi primera obra en el Salón de Otoño de París, un quinteto para piano e instrumentos de cuerda. Colocados ya en la escena y con el arco en ristre el violinista Parent, vimos entrar a toda prisa y algo sofocado por la carrera, a un señor gordo, de gran barba negra y con inmenso sombrero de alas anchas. Un minuto después comenzaba la audición. Al poco rato, el señor gordo se volvió hacia su vecino, un joven delgadito, y le preguntó: ¿Es inglés el autor?- No señor, es sevillano- le contestó el vecino completamente estupefacto. Siguió la obra, y tras la fuga vino el allegro, y tras el andante, el final. Pero al terminar éste y hacer irrupción en el foyer el señor gordo, acompañado del vecino, el joven delgadito, fue todo uno. Avanzó hacia mí y con la mayor cortesía pronunció su nombre: Isaac Albéniz. Media hora más tarde caminábamos los tres cogidos del brazo por los Campos Elíseos, grises de aquel atardecer otoñal. Después de atravesar la plaza de la Concordia nos instalamos en una cervecería de la calle Real y allí, ante una copa de champaigne y pasteles a la tomaté, sufrí la metamorfosis más completa de mi vida. Allí salió a relucir la patria chica, allí se habló de la música con vistas a Europa y de allí salí completamente cambiado de ideas. Eramos tres españoles, y en aquel cenáculo, en un rincón de Paris, debíamos hacer grandes esfuerzos por la música nacional y por España. Aquella escena no la olvidaré jamás, ni creo que la olvide el joven delgadito, que no era otro que el ilustre Manuel de Falla”.

Un día histórico, pues, propiciado por el excelente Quinteto, del que transcurrido el tiempo, renegaría Turina considerándolo "francamente impersonal". No estamos de acuerdo con esa visión del Quinteto como obra exclusivamente "franckiana" y sin personalidad. Es una obra cíclica, sí, a la manera de César Franck, pero ya se trasluce lo que va a ser el estilo de Turina. Lo español, el sello andaluz de su autor, asoma claramente en el allegro o animé, es decir, en el segundo movimiento.